Es razonable que la presentación literaria de una exposición abunde en halagos sobre las excelencias de su autor. Sin embargo hemos de advertir que sobre la que nos ocupa, damos fe que cualquier empleo de calificativos de esa índole se ajusta pero a la corta a la rotunda calidad de esta artista.
Goyeneche es la clara manifestación de una potente actitud vital canalizada hacia los caminos de la creación artística. Sus singulares trabajos manifiestan la envidiable condición, por infrecuente, de sumar verdadera sensibilidad, juego creativo y laboriosidad, cualidades imposibles de adquirir en comercio alguno si no fuese porque son proyecciones naturales de su exasperante personalidad infatigable por la investigación plástica.
Como resultado de lo dicho ahora tenemos la oportunidad de contemplar sus deliciosas pinturas y collages, en las que la organizada construcción se armoniza con la espontaneidad del gesto gráfico, sorprendente sentido del color y desenfadadas texturas, adherencias o superposiciones que también anuncian innegable voluntad escultorica. Así lo demuestran las colecciones de libros; manuales los unos como cuadernos escolares y grandes, con vocación de escultura estática los otros cuyas roturas y perforaciones componen espectaculares sinfonías de luz, volumen y matices de color que al espectador advertido o no nos sorprenden tanto por su pulcritud y efecto visual como por su hermosa sencillez.
Pero las formas exigen que exista cuando menos un mínimo factor ácido para perfeccionar un comentario crítico o parecería otra cosa y por ello no evitaremos reprocharle a Goyeneche la escasa frecuencia de sus visitas desde París, su residencia habitual, donde tampoco es desapercibida y sí igualmente admirada.


Daniel J. Txopitea
Zarautz, Agosto-Septiembre, 1995