Goyeneche
es una artista que se mueve perfectamente bien entre varios terrenos fronterizos,
esos en los que nunca se puede bajar la guardia; terrenos como los de
los libros de artista, cuya inicial raigambre vanguardista asume con lírica
serenidad cuando los implanta en el espacio, y con severo dramatismo cuando,
deshojados, decide refugiarlos en el muro. Es una artista que domina con
muy personales facultades la técnica del collage, diversos procediemientos
gráficos y el grafismo directo en el que sabe, siempre oportunamente,
soltar la mano y el sentimiento.
Goyeneche trata en su catálogo –que no renuncia a ser una
creación más- de darnos pistas enunciativas para internarnos
en la compresión de sus obras, pero yo opino que esas pistas nos
llevan a tantos puertos que es preferible olvidarse de ellas y dejarse
invadir, como decía Ortega, por el sentido de la fábula
que anida siempre en el drama que es la vida. Si lo hacemos así,
cada una de estas composiciones (…) nos introducen en un mundo presidido
por la livianidad, inseguro, cambiante, pero paradójicamente no
tornadizo, no caprichoso, no trivial; un mundo en el que el ser humano
pudiera habitar si, como en los astros, la gravedad no tuviera tan medular
parte en en su existencia. Son datos de un caos minuciosamente compuesto,
atentamente calibrado, un caos de papel sensualmente rasgado una y otra
vez, planos cuya integridad se ve sacrificada, solapada, dispuesta para
un nuevo alumbramiento (…).
La obra de esta artista, tiene un sello ya inconfundible, y me alegra
comprobar que vuelve a exponer en España, con obras tan rotundas,
como las que ahora mismo muestra en Madrid.
C. Pallarés
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